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domingo, mayo 22, 2022

Sobre grietas y puentes

Es inherente a los seres humanos diferir en cuanto a su pensamiento y a sus gustos, así como en lo que concierne a sus sueños e ilusiones. También les es propio diferir respecto de los intereses generales de su comunidad, es decir, en la materia estrictamente política.

En este ámbito, más allá de las diferencias, se da la particularidad de que resulta imprescindible compartir ciertas bases mínimas a fin de hacer posible la convivencia en común. Desde sus orígenes, sea Egipto, Grecia o Roma, y desde allí en forma ininterrumpida hasta el presente, la historia nos llega teñida por una sucesión de enfrentamientos de carácter religioso o territorial, ideológico o económico, así como de conflictos generados por los muy variados intereses de grupos o personas. En ocasiones, los conflictos han sido moderados; en otras, graves, y a veces irreconciliables, evidenciando que cuando se instala la desunión, estalla la violencia o domina el odio, ello solo ha provocado un mal fin a los países, a las ciudades, a diferentes grupos sociales y a los seres individuales.

El grado que alcanzan las diferencias tiene especial relevancia para los argentinos de hoy, pues, sumergidos en una inmensa crisis que deja avizorar serias consecuencias futuras, necesitamos de nuestros esfuerzos conjuntos para poder emerger. Los desacuerdos han dado actualidad al tema de “la grieta”, tal como lo señaló hace poco en estas mismas páginas Julio María Sanguinetti, quien nos recuerda que para poder ser superada ella necesita de puentes, pues si no, solo queda el abismo.

Ante ello cabe interrogarse si nuestra clase política es capaz de tender esos puentes. No deja de generar cierto escozor observar la escena nacional en la que campean las discordancias y que añaden una nueva grieta que serpentea y se ensancha entre la sociedad y la clase política. No obstante, el solo hecho de que en la elecciones de 2019 se haya presentado la fórmula Mauricio Macri-Miguel Ángel Pichetto, más allá de los resultados y de la opinión que ella nos merezca, parecería demostrar que algunos acuerdos, no imaginables tiempo atrás, resultan posibles. Además, un acuerdo no se alcanza exclusivamente a través de una alianza partidaria, sino también en la proyección de políticas de Estado llevadas a cabo por más de un partido, votándolas en forma conjunta en el Congreso.

Por otra parte, si los conflictos y consensos son parte inextirpable del sistema político, cabe reconocer que no todos los conflictos son de igual envergadura. La discrepancia en lo somero no solo no afecta, sino que confirma la base de convivencia, pero distinta es la discordia, nos dice José Ortega y Gasset, pues implica un corazón que se escinde, una sociedad que se convierte en dos. Y dos sociedades en un mismo espacio social son imposibles.

Solo un lunático podría desear la desunión o el conflicto, pero a la vez no cabe mentirse ni ser ingenuos al analizar el panorama político. Los puentes llegan hasta cierto punto y algunos no alcanzan a cruzar la grieta, ya que los separa una diferencia ideológica o un comportamiento incompatible con los principios básicos constitucionales de quienes se cobijan en ellos.

Mientras la oposición ha conseguido unir a diferentes partidos que tienen divergencias entre sí pero que sostienen los mismos postulados republicanos, el oficialismo también logró un frente común, utilizando el nombre de Perón, cargado de ese lejano y llamativo sentimiento, bajo la jefatura de la vicepresidenta, que viene conduciendo el todo, pero donde aparecen fisuras que tal vez revelen un conflicto mayor. Además de estas dos grandes fuerzas, cabe mirar hacia otras agrupaciones que pujan en la escena nacional. Separados por el abismo están los partidos con postulados extremistas, esencialmente de izquierda, que tienen escaso apoyo popular.

Compiten también partidos provinciales de diversa ideología cuya importancia excede sus fronteras para pesar en la política nacional. Los hay que pueden tender puentes y también otros que presentan dudas por su vinculación con el sector más duro del oficialismo populista. Algunos liberales van unidos a la oposición, otros van por las suyas y a cierto grupo cuesta insertarlo en el arcoíris político. Así, interrogado sobre quiénes son sus afines y sus adversarios políticos, el peculiar candidato Milei dijo que sus amigos son los libertarios, los liberales, los conservadores, el menemismo, los peronistas republicanos y los halcones de Juntos por el Cambio, mientras que, aparte de la izquierda, sus enemigos son los radicales, la Coalición Cívica, las “palomas” de Juntos por el Cambio (léase Rodríguez Larreta, Vidal, Santilli, etc.), a todos los cuales considera colectivistas. Sus llamativas respuestas, además de desdeñar los puentes, parecen reducir el destino de la libertad exclusivamente a la existencia de mercados libres, olvidando que estos, por sí solos, según la metáfora de Isaiah Berlin, terminan permitiendo que los lobos se coman a los corderos.

Por ser gobierno, y por su caudal electoral, merece ser especialmente observado el peronismo. Así, debiéramos diferenciar el kirchnerismo del viejo peronismo y del peronismo llamado republicano. De su parte, el kirchnerismo populista se ha mostrado no solo corrupto, sino, además, ineficiente, mientras busca modificar o incumplir los postulados de nuestra Constitución nacional, a la que consideran liberal y obsoleta. Su indiscutible líder, la señora Fernández de Kirchner, ha retornado al ruedo aún con más odio que en sus períodos anteriores, y lo lanza en todo momento: tanto su odio al campo como a la industria, según sea la ocasión, su odio a los Estados Unidos, su odio a la oposición, su odio a los jueces, a los empresarios que no son amigos, a los intelectuales, a los periodistas y la larga lista sigue.

Podría afirmarse que sin el odio ya no le queda casi nada, salvo unos pocos eslóganes populistas. Con esas banderas no resulta imaginable una tarea común y queda así el kirchnerismo distanciado por el abismo de la grieta. El viejo peronismo, a su vez, nos retrotrae a aquel militar fascista, figura preponderante de la dictadura militar de 1943-1946 que luego de ser elegido democráticamente degeneró su régimen hacia el autoritarismo, transformándose en campeón del culto a la personalidad (no había avenida, puente, escuela, calle, ciudad o hasta provincias a los que no se le pusiera el nombre de Perón).

Esa vernácula adaptación fascista se ha ido diluyendo con el correr del tiempo. Queda, por fin, un peronismo federal o republicano que prefiere recordar al viejo líder con sus mejoras sociales, que luego de años de diferencias se abrazó con Balbín, que regresó en 1983, que modificó sus dichos en pro de la unión entre argentinos, que persiguió a los terroristas y que intentó reparar viejas heridas. Sin duda estos neoperonistas aceptan las normas constitucionales y, habiendo tendido puentes, han superado la grieta y pueden participar de la competencia política desde uno o más partidos.

A muy grandes rasgos, esto es lo que hay y ya nomás son las elecciones. ¿Con quiénes se reconstruye la república? ¿Podrán los participantes, ganadores o perdedores que compartan las reglas democráticas, trabajar en forma acorde y votar en conjunto las leyes que el momento requiere? A los que obtengan bancas en noviembre y a los que continúan su mandato los espera un Congreso desde donde se ve a una patria sangrante, que para recuperarse va a requerir de todos o, al menos, de una gran mayoría de los argentinos.

Expresidente de la Cámara Nacional Electoral

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