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sábado, enero 22, 2022

En el paraíso

En el paraíso
En el paraíso

Estimadísimos: se va terminando el año y, al hacer el consabido balance, me percato de que estoy al día con las respuestas a las consultas, que durante estos meses han sido muchas y variadas. Por eso, en la columna de hoy, me voy a tomar una licencia y les voy a contar una experiencia personal: mi primera vez en el Teatro Colón. Claro que no estuve en el escenario, pero no por eso fue menos emotivo.

Sucedió hace varios años, cuando aún no imaginábamos siquiera estos horrorosos tiempos pandémicos. Como era mi primera visita al Colón, todo resultaba novedoso, incluso los nombres de las distintas plateas: tertulia, zarzuela, paraíso. Yo elegí comprar un asiento en el paraíso, porque no era tan caro y porque me sonaba encantadora la denominación. El nombre de paraíso proviene de su ubicación en las alturas, allá arriba de todo, cerca del cielo. También le dicen gallinero porque, al ser la zona de palcos más económicos, antiguamente iban los inmigrantes y clases bajas y desde allí, si no les gustaba la representación, tiraban frutas o cáscaras.

Me dio un poquito de vértigo, debo decir, estar a esa altura en ese balconcito, mirando hacia abajo a los otros espectadores, el escenario y el foso de la orquesta. Pero me aguanté el mareo, que me duró poquísimo, porque la emoción pudo más. ¡Estaba en el Colón! Y el Colón impone respeto. El espectador siente que está, al mismo tiempo, en el presente y en el pasado, imagina las historias que cuentan esos palcos, respira la cultura viva que flota en el aire. El entorno de la sala principal es subyugante: los cortinados, las alfombras, la impresionante araña, la cúpula pintada por el maestro Raúl Soldi… Pero lo que terminó por hacer inolvidable la experiencia fue, sin dudas, el espectáculo. La escenografía era majestuosa, como el vestuario, y las voces de tenores, sopranos y coros vibraban en la famosísima acústica del teatro.

La ópera que tuve la fortuna de disfrutar esa noche fue Turandot, la obra maestra de Giacomo Puccini. Esta fue su última e inacabada composición, ya que su muerte, en 1924, impidió que pudiera finalizarla. La trama de esta ópera, cuya música fue terminada luego por otro compositor, narra la historia de la bella y cruel princesa Turandot. Se las voy a relatar “a lo Agalina”: la princesita china, que ya estaba en edad casadera, era bravísima. Cuando se le presentaba un pretendiente que quería casarse con ella, Turandot le exigía responder tres acertijos y si el pobre muchacho no lo lograba, lo mandaban a matar. Ninguno había podido acertar y ya habían decapitado a unos cuantos, cuando apareció Calaf, un príncipe extranjero bastante despabilado que supo resolver los tres enigmas. Turandot se quedó de una pieza, porque ya se estaba acostumbrando a mandar a matar a todos los que se querían casar con ella.

Parece que la obra no se pudo estrenar en China durante muchos años, porque los chinos decían que los mostraba como desalmados. Y es que la tal Turandot, lo que tenía de linda, lo tenía de malvada. No les adelanto nada más, para no romper el encanto por si gustan de verla, solo les cuento que en algún momento se revelan las razones de la crueldad de Turandot. Aunque nunca queda claro por qué la vida de los que no eran poderosos valía tan poco… pero como en la vida real tampoco queda claro, mejor lo dejamos ahí.

Para despedirme, un consejo, no sería yo si no me despacho con una recomendación, aunque sea mínima: si van al Colón a ver una ópera, lleven binoculares, aparte de quedar como entendidos, no se van a perder detalles de la escenografía y el vestuario, que son siempre magníficos en este tipo de espectáculos.

Solo me resta desearles a los queridos lectores unas Felices Fiestas y un excelente comienzo de año. Hasta la próxima.

 

 

Agalina

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