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martes, enero 18, 2022

El adiós a Victoria Pérez Zabala, una periodista apasionada que “compartía siempre lo mejor que tenía”

“Los televisores de Aeroparque no informan a los pasajeros; decoran el espacio gris con más gris”, escribió en una crónica sobre la huelga de aerolíneas en 2007 cuando cursaba la Maestría de Periodismo LA NACION y la Universidad Di Tella. Y esa economía de palabras fue elogiada por los profesores. Victoria Pérez Zabala, Vicky, era una gacela, una modelo de TV. Llamaba la atención su elegancia natural. A veces, se encogía de hombros, como sí así pudiese disimular su casi 1,80 metros. No era una pose, emanaba esa gracia en el trato, en los gestos, en el humor. “No te confundas, la procesión va por dentro”, me dijo una vez, después de que se enfermara, cuando quise elogiar su temple. Tenía un don: hacía sentir especiales a los demás. Y donde fuera, una especie de living imaginario, como en un set de televisión, se construía a su alrededor. Allí, siempre era la anfitriona.

Vicky murió ayer, a los 40 años, en su casa, rodeada por su familia. Apasionada periodista, logró varias proezas en su relación de quince años como colaboradora del diario y la Revista de LA NACION. Entrevistó a Marcelo Gallardo a días de dar a luz, con 42° y los pies a punto de explotar, en plena cancha de River. No le gustaba particularmente el fútbol -su familia es de Boca-, pero Gallardo era “el” personaje del año. Algunos profesores de periodismo recordaron hoy esta entrevista que se estudia en programas educativos. Era una gran conversadora, escuchaba, procesaba las palabras -el dolor, la vanidad, la angustia, la frustración, las contradicciones- del otro, y transformaba aquella madeja de ideas en un texto coherente. Vicky era una gran lectora de textos y también sabía leer muy bien entre líneas: los gestos, los matices, y lo hacía con delicadeza.

Norma Aleandro la invitó una vez al cine después de una entrevista y fue uno de los días más felices de su vida. Hizo reír a Ed Sheeran y tuvo una infinita paciencia con Glenn Close, que extendía sus respuestas como si fuesen un chicle. El escritor alemán Bernhard Schlink (El lector) se conmovió hasta las lágrimas en una entrevista que le hizo. Abogada penalista, creía en la justicia y sabía debatir, pero también creía en el error y en la oportunidad de repararlos. Ella tenía, sobre todas las cosas, la elegancia de la bondad.

Victoria Pérez Zabala obtuvo tres veces el premio ADEPA por sus artículos en LA NACION; en la foto, en 2019, en la categoría Ecología y Medio Ambiente

Victoria Pérez Zabala obtuvo tres veces el premio ADEPA por sus artículos en LA NACION; en la foto, en 2019, en la categoría Ecología y Medio Ambiente (RICARDO PRISTUPLUK/)

Otra vez rastreó el teléfono de la casa de la escritora Lorrie Moore y, un sábado por la tarde, cuando insistía por inercia con el número, logró sorprender a la autora, que tuvo que concederle la nota a esta periodista que llamaba desde la Argentina. En 2018, escribió un artículo que mereció el primer premio ADEPA en la categoría Derechos Humanos y, a partir de él, de esa visibilidad, les cambió la suerte a varios venezolanos que luchaban por una vida mejor en el país. Sentía que tenía en los dedos un ramillete de varitas mágicas y quería ayudar. “¿Qué necesitás?”. Si obtenía el teléfono de alguien importante (que no es necesariamente sinónimo de famoso) lo compartía, por las dudas. “Anotá, flaquita, guardalo para más adelante.” Como eso, compartía siempre lo mejor que tenía, lo que sabía con certeza. Cuando aprendió a manejar, te llevaba adonde necesitaras, te dejaba en la puerta y te miraba entrar (hasta que estuvieras dentro). Amaba a sus amigas del colegio y a sus amigos del taller de Santiago Llach. Hablaba de ellos como si fueran astros de Hollywood. Vicky pensaba que las personas le concedían el don de su compañía, pero era al revés. Construía lugares de pertenencia, redes, nidos que tejía con elegancia.

Vorazmente leía diarios, libros, clásicos y novedades. Escuchaba el podcast de Hinde Pomeraniec como un bálsamo. Leía aún los diarios en papel y después buscaba en la versión digital a los autores de las notas que le habían gustado y los felicitaba con un “Me Gusta”. “Nos tenemos que poner las pilas con las redes sociales, somos un desastre. Es lo que viene”, me dijo y me siguió diciendo.

Victoria Pérez Zabala durante un viaje a Rawson, donde realizó una nota sobre la construcción de un parque eólico para LA NACION, en 2017, que fue premiada por ADEPA

Victoria Pérez Zabala durante un viaje a Rawson, donde realizó una nota sobre la construcción de un parque eólico para LA NACION, en 2017, que fue premiada por ADEPA

Si estuviera leyendo este texto le hubiera gustado destacar a Martín Wain, el editor generoso, un “maestro” que tanto admiraba, con quien trabajaba sus notas en La NACION Revista. También destacaba y recordaba con mucho cariño su trabajo en esa publicación editada por Constanza Bertolini; en LA NACION colaboró en la sección Espectáculos, donde fue pasante cuando terminó la maestría.

Le gustaba la poesía, la música y tenía una voz impresionante. Los asados terminaban en su casa con ella a la guitarra (de Loquillo a Dylan) y, a pedido del público, con “Creep”, de Radiohead, era ovacionada. No llamaba la atención que ese ser delicado tuviera una voz tan nítida, lo que impactaba era ver cómo su elegancia se trasladaba a los lugares más inhóspitos, a los versos más hostiles, y los convierte en cálidos.

“Ustedes no deberían ser amigas, compiten por el mismo puesto”, nos dijo alguien que nos conocía poco frente al antiguo edificio del diario. Con Vicky no podías competir. No le interesaba ese juego, medirse ni medir a los demás. En el antiguo comedor de LA NACION, cuando recién entramos en el diario, hablaba de la vida con su sonrisa espléndida. Así nos conocimos mejor. Ella discurría sobre conceptos abstractos como “carrera” y buscaba a cada uno remendarle el ego roto propio del pasante. Citaba a menudo a una persona a la que llamaba “Tiani”. Era, más que una autoridad, una suerte de gurú. “A mí me gustaría mucho tener un psicólogo como el tuyo”, le dijo una voz pelirroja, cuya identidad preservo. “Tiani es mi marido; no es mi psicólogo”, lanzó con una carcajada.

Cuando murió Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa escribió el siguiente texto (una vez me lo leyó en voz alta). “Nunca dejé de maravillarme con el espectáculo que significaba ver y oír conversar a Aurora y Julio, en tándem. Todos los demás parecíamos sobrar. Todo lo que decían era inteligente, culto, divertido, vital. Muchas veces pensé: “No pueden ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan, en casa, para deslumbrar luego a los interlocutores con las anécdotas inusitadas, las citas brillantísimas, las bromas que, en el momento oportuno, descargan el clima intelectual”. Se pasaban los temas el uno al otro como dos consumados acróbatas y con ellos uno no se aburría nunca”. A ellos les divertía (y nosotros disfrutábamos) escuchar cómo se habían conocido. Tiani había sido su profesor en la UBA y llevaban 20 años juntos, 15 de casados y tuvieron dos hijos, Tomás y Victoria, de 10 y 6 años. Novios eternos, disfrutaban viajar solos, con los chicos al cuidado de los abuelos, y también del diálogo al atardecer, con una picada y una copa de vino. Debatían sobre cualquier tema; Tiani era siempre su primer lector, la mirada más fresca e implacable de los artículos que Vicky escribía.

Tiani movió tierra y cielo para dar con el diagnóstico, con las dosis, con el tratamiento indicado para curar a Vicky de su enfermedad terminal. Trasladó la oficina a su casa para estar cerca de ella. Hizo lo imposible, siempre apostando a que se iba a curar. Hablaba, como habla Tiani, con seguridad, como un líder, con médicos de todo (todo) el mundo, acompañado por los médicos que más querían a Vicky: sus hermanos Inés, Manuel y Joaquín. También estaba con ella su hermana Mary y sus papás Inés y Manuel, cálidos, entrañables, omnipresentes, como su suegra Susana y sus cuñados Hugo, Betina, Martín y Kuky. A pesar de las noches sin dormir, a ella le gustaba el olor matinal del protector solar, embadurnarles la cara a Tomy y Vipita antes de que fueran al colegio. Contaba con el orgullo de una madre lectora que a veces tenía que pedirle a su hijo que por favor leyera menos y saliera al jardín; y contaba también que Vipita cambiaba el final de las historias, que leía, pero que la trama de sus cuentos no era una cárcel, sino un paisaje.

La semana pasada estuvo internada y hablábamos un día por teléfono hasta que llegó el desayuno y me despidió porque –amenazó– si no comía se iba a poner de mal humor. Nunca jamás la vi de mal humor, pero conocía el poder detractor del hambre de Vicky. Quería devorar libros, disfrutar el manjar del encuentro, saborear la risa del otro, la expresión de sorpresa. “Soy como un perro que quiere asomar el hocico. Airearme”, me dijo antes de que le dieran el alta y pasara los últimos días en su casa. Hoy leo ese mensaje y me duelen los dedos cuando sostengo el celular.

La última entrevista que Victoria Pérez Zabala realizó para LA NACION Revista fue a Jon Batiste, el compositor de la banda sonora de Soul, y aún está inédita. Sacó energías de donde podía para terminarla. Otra vez Wain, su editor, le dijo que no se apresurara, que se recuperara. Es como si allí, en esa película sobre la vida y la muerte, pero también sobre lo que apasiona hasta el alma, hubiese alguna clave. Vicky se marcha con amor, con premios, aplausos y abrazos. Nos deja con su natural elegancia y sin Vicky nos sentimos todos harapientos.

Sus restos serán despedidos mañana, a las 12.30, en el Jardín de Paz, en Pilar.

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