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domingo, mayo 22, 2022

Derrumbes y reconstrucciones

El saldo que deja un terremoto, la enfermedad de un ser querido, un viaje que se suspende, la flor celosamente cuidada que, de pronto, cae. Todos son derrumbes, de diferente impacto, estruendo y peso. Derrumbes que también pueden ser vistos como futuros cimientos de una reconstrucción: ¿qué se puede edificar o levantar sobre grandes o pequeñas ruinas?

Escucho que un hombre habla de la crisis humanitaria de Haití, ocurrida hace ya más de una década. No es casualidad que ahora, mientras la pandemia está próxima a cumplir un año y tiene números no menos escalofriantes además de un futuro proporcionalmente incierto, Pablo A. Basz esté pensando en voz alta, en el aire de una entrevista radial, cómo es que la naturaleza decide y, a veces, puede enfrentarnos a catástrofes que ponen a prueba nuestra capacidad de reacción. Me quedo escuchando. El escritor acaba de publicar su cuarta novela, Ruinas bajo tus pies (Paradiso), que cuenta la historia de un argentino radicado en Nueva York que, con urgencia, debe viajar a Puerto Príncipe en otra de sus misiones como fotógrafo de la ONU cuando todavía los desaparecidos y los muertos son cientos de miles de nombres que ingresan y egresan de listas provisorias. Los escombros tienen horas.

En el libro, Basz narra los días de Lucio, aquel enero de 2010, «en la honda amargura de Haití» y, en la segunda parte, se ocupa de su regreso al mes siguiente a Brooklyn (más que un habitante, es un militante del residencial barrio de Park Slope), donde nada será como antes. El tercer capítulo es de tránsito y cierre, y dedica una breve coda a este casi presente, diez años después, en el umbral del confinamiento: marzo 2020. Así, más que una oyente, lectora ya avanzada del libro, me entero de que terminó de escribirlo durante la cuarentena, y que por eso en la ficción puede colarse algún que otro contacto involuntario con la realidad, además de los aspectos autobiográficos que adopta su personaje central: también el autor trabajó en cooperación internacional y lo que vio en Haití le pareció dantesco, residió en Nueva York y se enfrentó –se enfrenta, lo dijo en presente– a la rara y grave enfermedad de un niño amado, que en la novela se llama Lalo. Para la lotería de la vida o los desastres naturales, esto último podría ser algo tan devastador o arbitrario como un terremoto.

«Comparar lo que es con lo que podría haber sido» –otra idea que subyace a la trama– puede conducir a derrumbes personales. Es tentadora como un tobogán esa hipótesis coloquial que en cualquier momento invita a suponer que, frente a lo que tenemos hoy, esto o aquello podría haber sido así o asá, mejor o peor. Y el compás de espera que de algún modo vivimos todos ahora se vuelve tierra fértil para caer en el juego.

Justamente «al silencio» (eso es literalmente un compás de espera en la música) dedica la artista Matilde Marín el bellísimo libro Tiempo suspendido, que refiere a la coyuntura a través de dieciséis imágenes en blanco y negro que salieron de su archivo personal para sustituir, de alguna manera, un proyecto de trabajo en Nantes que la dejó, en abril pasado, con las valijas hechas y el pasaje de avión en la mano. Tomadas en contextos muy diferentes del actual, sin embargo, estas fotografías transmiten un cierto desamparo que puede ser espejo de nuestros días. Lo dejé sobre el escritorio de mi nuevo estudio porque, a pesar de todo, como la novela de Basz, más que un derrumbe veo en él un amable deseo de reconstrucción. «¿Cómo ser y estar en el mundo? ¿cómo sigue esta historia?», se pregunta Marín en «Difícil hablar de Utopías», introducción a su poema visual.

Tal vez con ese ánimo de edificar escribo desde el búnker que tardé más de diez meses en decidirme a levantar en el cuarto de atrás de mi casa. Lo interpreto, también, como una suerte de bandera blanca que le saco a la espera de que esto o aquello cambie y me devuelva lo que tenía ayer. Además de estos libros, una bailarina de Degas imantada, la vela de tilo y lavanda que me regalé para Navidad y varios electrónicos (la computadora, el teléfono, un parlante), sobre la mesa donde paso tantas horas trabajando, ubiqué una maceta con una pequeña orquídea; una figura de resina de El Principito la custodia. “Si pudo cultivar una rosa en un asteroide, ¿no va a poder acá, en la Tierra, cuidar a mi phalaenopsis?”, le digo a una amiga el lunes, cuando le mando la foto de mi nueva morada, a estrenar. Pero puede pasar como ayer, que a pesar de todo –del interior luminoso y más bien cálido, de la protección amorosa y la poca agua– una flor caiga, y ese sonido leve y seco me retumbe como un estruendo o una amenaza. Aun cuando no funcione o dure poco, habrá sido mejor intentarlo.

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