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sábado, enero 22, 2022

Darío Barassi habla sobre su recorrido profesional, la muerte de su papá y su relación con Luli

Barassi es una combinación de humor ágil y empatizador serial, se siente como si pudiera ser un amigo, un primo, un compañero de cualquiera de nosotras. Tiene la típica historia de “acompañé a un amigo a un casting…” cuando todavía trabajaba de abogado, pero el azar se reunió con su talento: actúa, canta y hasta baila bien. Ahora, también conduce 100 argentinos dicen, que hace pico de rating a la hora de la siesta, un programa que solo aceptó porque llegó la pandemia. En esta nota, además, revela lo que extraña de su vida previa a la paternidad: horas de sueño, espacios sin hacer “nada” y comida chatarra están en el top cinco de lo que dejó atrás desde que se convirtió en papá.

¿Qué otros cambios te trajo la pandemia?

Al principio, como yo tenía un 2020 que iba a ser una bomba a nivel laboral, me costó mucho. Pero el cambio más fuerte tiene que ver con este triunvirato de Luli, Emilia y yo, muy sólido. Mi mujer es psicóloga y estaba tapada de laburo, y yo no hacía nada más que ser padre. Entonces, se generó un vínculo con la enana que pude disfrutar mucho y después apareció la posibilidad de hacer 100 argentinos dicen en El Trece. También ese fue un aprendizaje porque estaba bastante reticente con la idea de ser conductor. Yo, en esencia, estudié teatro, pero me encontré con un rol, un espacio y un ambiente en donde me siento excesivamente cómodo. Cuando comienza el timing de la música para empezar a grabar un programa, me da la misma sensación y adrenalina que la salida al escenario. Ese también fue un descubrimiento de la pandemia, no negarme a las aristas de mi laburo que funcionan. Siempre fui de los que creen que se puede acumular: soy abogado y soy actor, yo era feliz conviviendo con los dos mundos, para mí eso suma.

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¿Tenías en algún punto el mandato de estudiar una carrera tradicional?

Mi viejo era abogado, se murió cuando era muy chico, mi vieja trabajó en justicia toda la vida y mi hermano más grande, también abogado. Soy verborrágico y un poco manipulador, dos elementos divinos, y a su vez siempre fui bastante ñoño, me gusta estudiar, leer, tengo buena memoria, así que la carrera no me costó, por más que no tuviera vocación.

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. (Anahí Bangueses Tomsig/)

Hablás mucho de la muerte de tu viejo, ¿la procesas a través del humor?

El humor es un aliado permanente en mi vida. Todas las situaciones de estrés o conflictivas las transito con humor. Yo tenía cinco años cuando se murió papá, entonces es algo que tengo muy hablado en terapia, pero obvio que se me mueven ciertas fichas. Cuando fui papá, fue un cimbronazo total porque no tengo un referente de lo que es ser padre –me acuerdo muy pocas cosas del mío–, entonces tuve que descubrir mi versión. Era alguien muy querido por sus amigos de San Juan y hasta el día de hoy me saludan y me hablan de mi viejo, y ahí las fibras se me mueven. Soy una persona que cree mucho en la terapia, hago desde los 20 años de manera no interrumpida y, obviamente, fue un re tema a tratar porque era un duelo, soltar a alguien definitivamente. Mi logro es amigarme con ese duelo para aprender a convivir con lo que no está y con lo que está. Seguramente lo que se juega acá es que, al no tener un recuerdo real, te armás un recuerdo más utópico y tu viejo es un superhéroe, y de a poco vas rearmando esa imagen. Pero también hay que aprender a convivir con esos fantasmas, uno dice que superó el duelo, pero te va a marcar para toda la vida, así que me amigo. Y toda la vida fui muy cínico con el humor, me gusta el humor negro, siempre al límite de lo incorrecto…

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¿Cómo hacés para caminar ese camino tan sinuoso que es el humor con lo políticamente correcto?

Descubrí que soy bueno en formatos, porque cuando me das mucha libertad, como cualquier persona demasiado expresiva, puedo derrapar hacia el humor negro o el cargoso. Me viene muy bien tener una estructura y un formato. Al principio, yo iba, hacía mi show y dejaba de lado el formato. Después entendí que el formato es la prioridad y que me tengo que mover ahí dentro. También estuvo bueno usar a los demás como personajes y el formato como la base del humor, que no pase todo el tiempo por mí. Me permito un poco ir al extremo porque también lo hago conmigo. Hablo de mi papá muerto, de mis tetas, me “bullineo” bastante y creo que eso empatiza. Sin embargo, el humor cambió bastante, y en algún sentido está buenísimo porque es un humor más lógico y menos agresivo. Pero sí a veces derrapo, y aparece Mariano, director ejecutivo del programa, en la oreja diciéndome: “Basta, gordo, pasto, pasto”, y ahí, volantazo y seguimos.

Conducir un programa te demanda tener que estar muy presente, ¿no?

Te diría que es el diferencial que tengo para conducir. Soy muy acelerado, se me nota al hablar, y mi cabeza va muy rápido. Millones de veces me pasa que no llego a decir todo lo que estoy pensando, por eso hablo tan rápido. Pienso muchas cosas y no llego a decirlas todas. De diez, cinco son buenos chistes, y después otros cinco que no pegaron, entonces corrijo rápido. Mi cabeza no para mucho.

¿Y qué hacés para frenar?

Estoy jugando mucho al tenis, porque yo hasta el disfrute lo pienso mucho. Necesito disfrutar mucho, necesito vivir mucho, todo el tiempo me exijo demasiado. Sí hay algunas actividades que me bloquean la mente: una es dormir, por suerte, y la otra es el tenis. Estoy concentrado y mi cabeza no tiene tiempo para pensar, porque jugando un deporte no podés ser un personaje, solo estás pensando en cómo pegarle a la pelota. Me gusta mucho comer y soy muy descuidado en ese sentido, y al mismo tiempo disfruto mucho la actividad física, jugué bastante deporte en mi vida.

¿Con el sobrepeso tenés un tema?

Siempre la personalidad mató al físico y transité mi gordura con humor. Obviamente, ahora estoy mucho más plantado en la vida porque conseguí varias cosas que me definen. A los 18 años, cuando todos mis amigos eran facheros y yo con este cuerpo que era un garrón, me hacía más ruido. Pero siempre fui el que iba a hacer el encare con un grupo de minas para hacerme el copado y que los chicos la pasaran bien, aunque me costaba. Por eso la tele para mí no era opción, ¡¿con este cuerpo cómo iba a trabajar en tele?! Estaba mambeado… Pero no soy el caso en el que la gordura es tan limitante y frustrante, porque siempre me fue bien en el colegio, tuve amigos, estuve con las novias con las que quise estar y trabajo de lo que trabajo en un lugar de exposición absoluta.

Ayudás a romper un paradigma…

Mucha gente con sobrepeso me escribe agradeciéndome, y yo, feliz. Sí me empieza a pasar, con 37 años y siendo padre, que el obstetra de mi hija me dice: “Vos tenés que entrar a tu hija en la iglesia, vos tenés que cuidar a los hijos de tu hija, te necesitamos acá mucho tiempo, cuidate un poco en pos de ella”. Ya no soy tan pendejo, entonces la rodilla, la espalda, análisis que no te dan del todo bien. Estoy con un tratamiento, pero el famoso clic no me pasa nunca, es mi talón de Aquiles. Es una batalla con la que me amigo, hago humor, pero fracaso. Es el fracaso que tengo que asumir, me cuesta y no le encuentro la vuelta. Hay momentos en los que me canso y me clavo siete kilos de entraña y hay un lunes que voy con toda y empiezo con las claras de huevo batidas. Por suerte, hago mucha actividad física y me controlo mucho la salud porque me genera preocupación. Dos veces al año me hago chequeos, pero todos los médicos me dicen lo mismo: “Por ahora te sale todo bárbaro porque tenes 37 años, pero estás quemando la máquina”.

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. (Anahí Bangueses Tomsig/)

Con Luli están desde hace doce años, ¿qué les funciona para sostener tanto tiempo una pareja?

Reelegirnos cada uno con lo que le gusta y con lo que no le gusta del otro. Hay cosas de Luli que pueden no gustarme, pero para nada me hacen tambalear la pareja, la elijo con todo el combo. A veces uno tiene una cosa muy idílica del otro y no existe. Después, hablamos todo, tengo una necesidad imperiosa, no me puedo ir a dormir peleado. Yo soy todo ansioso y ella es de procesos más lentos. Creo que el amor está intacto y siempre decimos que suma tener el mismo código postal, al ser los dos sanjuaninos. Hay algo que nos define de base, de valores, de estilos y de proyectos de vida. No podría disfrutar nada de todo lo que me va pasando en la vida si no volviera a mi casa todas las noches con mi mujer y mi hija, son el pilar de mi vida. Las necesito y las elijo para estar tranquilo y en eje. Luli me baja a tierra todo el tiempo y yo la invito al relajo permanentemente, y hay algo de eso que funciona.

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¿Cómo es Emilia?

Es la persona favorita de los dos en el mundo. Yo le digo a Luli que no es que la ame menos a ella, pero aparecieron estos 15 kilos que me descomponen. Es súper enérgica, es una piba que cuando está despierta, está al palo, y después duerme bárbaro. Se clava tres horas de siesta y doce horas a la noche de corrido. Pero cuando está arriba, canta, baila, juega, pinta, corre, se te tira encima, te hace chistes. Me parece brillante, como a todo padre le debe parecer su hija. Me entiende los chistes, tenemos diálogo, porque empezó a hablar muy temprano. Es lo mejor que nos pasó. Cero idílico, nunca nadie me corrió tanto del eje: extraño dormir, estar al pedo, mirar tele ocho horas seguidas comiendo delivery con una manta con mi mujer. Pero la vida ahora es otra y tenemos muy buen equipo armado entre abuelas, la niñera, la chica que nos ayuda en casa, porque con Luli laburamos mucho. Eso fue muy fundamental para la pareja, desde que Emilia tiene un mes, viene una abuela a bancar un ratito y con Luli nos vamos a comer a algún lado bajo la premisa “no se habla de Emilia”, y eso lo sostengo desde el primer mes de mi hija. Soy muy cuidadoso de eso, porque mi vida era bárbara antes de ser padre, no es que estaba insatisfecho, amo mi vocación y mi trabajo, todo estaba bien, no es que necesitaba una hija para sentirme completo. Transito la paternidad y es lo mejor que me pasó en la vida y se lo recomiendo a cualquiera que más o menos tenga intriga, porque no hay nada como eso. Pero me gusta mucho conservar la vida que tenía antes, creo que también está bueno para Emilia. Los tres logramos un equilibrio en donde estamos mientras conservamos la esencia de lo que somos.

Producción de Lula Romero.

Maquilló y peinó Gabi Triay. Agradecemos a Big & Tall, New Balance y Vulk por su colaboración en esta nota.

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